No me quería dormir nunca. Cada vez que checaba la tarjeta de salida era la misma historia: correr hacía el carro con la esperanza inútil pero perseverante de evitar la hora pico a las siete de la tarde; eso, o que inventarán los tele-transportadores como en Star Trek. Ambas opciones eran igualmente probables.
Después de encontrar mi esperanza de fluidez vial desparramada en mil pedazos sobre la defensa trasera del primero de setecientos carros parados en el semáforo; comenzaba la batalla campal, carro a carro, por avanzar más rápido que el resto de los conductores. Quienes, después de quince minutos de intenso tráfico, tienden a transformarse en auténticos guerreros Shaolin montados en dragones metálicos que intentan robarte los secretos del sagrado carril de alta velocidad.
Llegaba a casa una hora y media más tarde, con una cruda moral terrible por haber repartido improperios de manera indiscriminada y preguntándome ¿cómo demonios es posible que el tráfico nos regrese a nuestro estado neandertal tan fácilmente? La respuesta la encontraba siempre en el reloj de la sala. Al verlo, mi mente decía: mañana, seis-baño, siete-carro, nueve-oficina. Tiempo, la razón de la frustración.
Cada noche me quedaba de pie ante el reloj, el único movimiento perceptible de mi cuerpo era un ligero temblor en el párpado inferior del ojo izquierdo. Sin embargo, en mi mente se llevaba acabo un intenso debate: una parte de mi cerebro estaba convencida de que el día había terminado, que había hecho muchas cosas y necesitaba descanso de inmediato; pero la otra parte del cerebro aseguraba que no había hecho nada, al menos, nada de interés y se negaba a declarar el día terminado hasta no conseguir diversión. La estrategia para resolver el debate era una prórroga: descansemos hoy y mañana habrá diversión– Funcionó por algún tiempo; hasta que dejó de ser creíble. Tenía tantas actividades en espera que tuve que hacer una agenda para los domingos y ya tenía treinta y siete saturados.
Por eso no me quería dormir nunca. Me negaba a ir a la cama. En vez de eso rentaba una película, me sentaba en la sala a verla y a los pocos minutos me quedaba dormido en el sofá. Ya sé, es un poco patético, lo peor era que lo mismo sucedía cuando quería leer un libro o escribir un rato. Incluso, en la fiesta de un amigo, comencé a dormitar después de las once. Increíble. Al parecer, después de todo, si estaba exhausto. De ser posible hubiera dormido una semana entera.
Así que un buen día, de pie ante el reloj y harto de la rutina, decidí romper el esquema y me pregunté: ¿Por qué no me quiero dormir? ¿Por qué tengo esta sensación de que falta algo, de que no hice nada? ¿Qué falta? – Y la respuesta apareció en mi mente así, repentinamente. No la pensé, no la elaboró mi cerebro, al menos no conscientemente, no. Apareció simplemente y salió por mi boca: “Quiero hacer algo antes de caer fulminado.”
Como no sabía que diablos significaba eso, decidí tirarme en el suelo de la sala a meditar. Al cabo de unos minutos me sorprendí mirando fijamente el rostro de Albert Einstein. No estaba bajo los efectos de algún estupefaciente ni soy espiritista; sucede que en una de las paredes de mi sala tengo un cuadro con la famosa foto del ilustre físico alemán. Siempre me ha llamado la atención Einstein, en especial esa foto. No es que sea un gran fanático de su trabajo - entiendo de física lo que un político de honestidad – pero he leído su biografía, la cual encuentro admirable y hay algo en esa foto. Esa noche descubrí qué era ese algo.
Es el pelo de Einstein, eso es lo que admiro de la foto. Aquí tenemos a un tipo reconocido como una de las mentes más brillantes de todos los tiempos, no creo que su peinado haya sido casualidad. Creo que él quería decir: ¡Hey! Mi teoría hizo posible la creación de una de las mayores herramientas de destrucción que la humanidad haya visto, ¿crees que mi pelo me preocupa? Hay cosas más importantes. Todo es relativo, así que ordena tus malditas prioridades. Si, Albert sabía que rollo con su pelo. Y mis prioridades eran un desastre.
En algún lugar del viaje comencé a preocuparme más por llegar lejos que por disfrutar del paisaje. Mis padres, mis maestros, la mercadotecnia, la sociedad; todos me entrenaron desde pequeño para participar en la gran carrera por el éxito, tanto así que, cuando inició, me eché a correr despavorido sin detenerme a preguntar ¿qué diantre es eso del éxito? Pronto empecé a recibir información al respecto: éxito era tener una Palm - hasta que llegó el iPhone - o vestir Zara - hasta que llegó Abercrombie & Fitch - o comprar un café Venti en Starbucks – hasta que llegó… bueno, otro Starbucks. Sería hipócrita de mí parte negar que disfruto y, en algunos casos, deseo fervientemente muchos de esos productos, no encuentro nada de malo en ello, pero resultan un pobre sustituto del éxito, al menos para mí.
Ese día, el pelo de Einstein me enseño que hay que tener prioridades, que no puedes ir en busca del éxito sí antes no defines que es para ti el éxito. Se volvió muy claro; para mí, era algo que tiene que ver con familia, con la mujer que amo, con crear algo. Crear. Me sentía radiante. Quería empezar en ese mismo instante pero decidí tomarlo con calma, nada de decisiones precipitadas. Me fui a la cama y al siguiente día, a primera hora, renuncié a mi trabajo. No hubo mucha calma, la verdad no lo recomiendo. A las cuantas horas me dio un ataque de pánico, quería tomar el cuadro de Einstein y quemarlo, iba a decirle a mi jefe que todo había sido un error y era culpa del maldito físico alemán.
Hoy me alegro de haber contenido el pánico aquel día. Tan pronto me convertí en desempleado, cosas maravillosas comenzaron a ocurrir, aspiraciones que tenía empolvadas resurgieron. Establecí mis prioridades y ahora sé realmente qué es importante para mí. Descubrí que hay tantas formas de ganarse la vida, que hay un tipo al que le pagan por probar los videojuegos antes de que salgan al mercado, que otros trabajan fotografiando mujeres semidesnudas, que no necesito más de la mitad de las cosas que tratan de venderme, que una vida sencilla no es conformismo. Conformismo es dejar de perseguir los sueños de tu infancia.
Decidí crear este espacio para no olvidar lo que me enseño el pelo de Einstein y, ahora, cuando llega la hora de ir a la cama, estoy tranquilo. Sé que estoy trabajando para crear algo antes de caer fulminado.
Después de encontrar mi esperanza de fluidez vial desparramada en mil pedazos sobre la defensa trasera del primero de setecientos carros parados en el semáforo; comenzaba la batalla campal, carro a carro, por avanzar más rápido que el resto de los conductores. Quienes, después de quince minutos de intenso tráfico, tienden a transformarse en auténticos guerreros Shaolin montados en dragones metálicos que intentan robarte los secretos del sagrado carril de alta velocidad.
Llegaba a casa una hora y media más tarde, con una cruda moral terrible por haber repartido improperios de manera indiscriminada y preguntándome ¿cómo demonios es posible que el tráfico nos regrese a nuestro estado neandertal tan fácilmente? La respuesta la encontraba siempre en el reloj de la sala. Al verlo, mi mente decía: mañana, seis-baño, siete-carro, nueve-oficina. Tiempo, la razón de la frustración.
Cada noche me quedaba de pie ante el reloj, el único movimiento perceptible de mi cuerpo era un ligero temblor en el párpado inferior del ojo izquierdo. Sin embargo, en mi mente se llevaba acabo un intenso debate: una parte de mi cerebro estaba convencida de que el día había terminado, que había hecho muchas cosas y necesitaba descanso de inmediato; pero la otra parte del cerebro aseguraba que no había hecho nada, al menos, nada de interés y se negaba a declarar el día terminado hasta no conseguir diversión. La estrategia para resolver el debate era una prórroga: descansemos hoy y mañana habrá diversión– Funcionó por algún tiempo; hasta que dejó de ser creíble. Tenía tantas actividades en espera que tuve que hacer una agenda para los domingos y ya tenía treinta y siete saturados.
Por eso no me quería dormir nunca. Me negaba a ir a la cama. En vez de eso rentaba una película, me sentaba en la sala a verla y a los pocos minutos me quedaba dormido en el sofá. Ya sé, es un poco patético, lo peor era que lo mismo sucedía cuando quería leer un libro o escribir un rato. Incluso, en la fiesta de un amigo, comencé a dormitar después de las once. Increíble. Al parecer, después de todo, si estaba exhausto. De ser posible hubiera dormido una semana entera.
Así que un buen día, de pie ante el reloj y harto de la rutina, decidí romper el esquema y me pregunté: ¿Por qué no me quiero dormir? ¿Por qué tengo esta sensación de que falta algo, de que no hice nada? ¿Qué falta? – Y la respuesta apareció en mi mente así, repentinamente. No la pensé, no la elaboró mi cerebro, al menos no conscientemente, no. Apareció simplemente y salió por mi boca: “Quiero hacer algo antes de caer fulminado.”
Como no sabía que diablos significaba eso, decidí tirarme en el suelo de la sala a meditar. Al cabo de unos minutos me sorprendí mirando fijamente el rostro de Albert Einstein. No estaba bajo los efectos de algún estupefaciente ni soy espiritista; sucede que en una de las paredes de mi sala tengo un cuadro con la famosa foto del ilustre físico alemán. Siempre me ha llamado la atención Einstein, en especial esa foto. No es que sea un gran fanático de su trabajo - entiendo de física lo que un político de honestidad – pero he leído su biografía, la cual encuentro admirable y hay algo en esa foto. Esa noche descubrí qué era ese algo.
Es el pelo de Einstein, eso es lo que admiro de la foto. Aquí tenemos a un tipo reconocido como una de las mentes más brillantes de todos los tiempos, no creo que su peinado haya sido casualidad. Creo que él quería decir: ¡Hey! Mi teoría hizo posible la creación de una de las mayores herramientas de destrucción que la humanidad haya visto, ¿crees que mi pelo me preocupa? Hay cosas más importantes. Todo es relativo, así que ordena tus malditas prioridades. Si, Albert sabía que rollo con su pelo. Y mis prioridades eran un desastre.
En algún lugar del viaje comencé a preocuparme más por llegar lejos que por disfrutar del paisaje. Mis padres, mis maestros, la mercadotecnia, la sociedad; todos me entrenaron desde pequeño para participar en la gran carrera por el éxito, tanto así que, cuando inició, me eché a correr despavorido sin detenerme a preguntar ¿qué diantre es eso del éxito? Pronto empecé a recibir información al respecto: éxito era tener una Palm - hasta que llegó el iPhone - o vestir Zara - hasta que llegó Abercrombie & Fitch - o comprar un café Venti en Starbucks – hasta que llegó… bueno, otro Starbucks. Sería hipócrita de mí parte negar que disfruto y, en algunos casos, deseo fervientemente muchos de esos productos, no encuentro nada de malo en ello, pero resultan un pobre sustituto del éxito, al menos para mí.
Ese día, el pelo de Einstein me enseño que hay que tener prioridades, que no puedes ir en busca del éxito sí antes no defines que es para ti el éxito. Se volvió muy claro; para mí, era algo que tiene que ver con familia, con la mujer que amo, con crear algo. Crear. Me sentía radiante. Quería empezar en ese mismo instante pero decidí tomarlo con calma, nada de decisiones precipitadas. Me fui a la cama y al siguiente día, a primera hora, renuncié a mi trabajo. No hubo mucha calma, la verdad no lo recomiendo. A las cuantas horas me dio un ataque de pánico, quería tomar el cuadro de Einstein y quemarlo, iba a decirle a mi jefe que todo había sido un error y era culpa del maldito físico alemán.
Hoy me alegro de haber contenido el pánico aquel día. Tan pronto me convertí en desempleado, cosas maravillosas comenzaron a ocurrir, aspiraciones que tenía empolvadas resurgieron. Establecí mis prioridades y ahora sé realmente qué es importante para mí. Descubrí que hay tantas formas de ganarse la vida, que hay un tipo al que le pagan por probar los videojuegos antes de que salgan al mercado, que otros trabajan fotografiando mujeres semidesnudas, que no necesito más de la mitad de las cosas que tratan de venderme, que una vida sencilla no es conformismo. Conformismo es dejar de perseguir los sueños de tu infancia.
Decidí crear este espacio para no olvidar lo que me enseño el pelo de Einstein y, ahora, cuando llega la hora de ir a la cama, estoy tranquilo. Sé que estoy trabajando para crear algo antes de caer fulminado.
J.D.J. Samaniego.
9 de Septiembre 2008.
Gracias a mi cuñada Karla, que me envió un artículo titulado: “Generación Agotada” el cual ayudó a descongestionar unas ideas atoradas. A mi compa Pepo cuya revista me recordó cuanto disfruto escribir. A mi familia (Mauro y las dos Yolandas) por ser tan atípicos como yo. Y sobretodo a la mujer que amo, por no asustarse y apoyarme siempre, gracias Cristy.
9 de Septiembre 2008.
Gracias a mi cuñada Karla, que me envió un artículo titulado: “Generación Agotada” el cual ayudó a descongestionar unas ideas atoradas. A mi compa Pepo cuya revista me recordó cuanto disfruto escribir. A mi familia (Mauro y las dos Yolandas) por ser tan atípicos como yo. Y sobretodo a la mujer que amo, por no asustarse y apoyarme siempre, gracias Cristy.